1. Introducción

1.1. Somos esencialmente seres afectivos

1.2. Somos experimentadores de emociones

1.3. Los sentimientos determinan nuestros pensamientos

1.4. Los sentimientos determinan nuestra conducta

1.5. Los sentimientos determinan nuestras interacciones 

1.1. Somos esencialmente seres afectivos

En 2018, Akihijo Kondo, un japonés de 35 años, se convirtió en esposo de Hatsune Miku, en la ciudad de Tokio en una ceremonia a la que asistieron 40 invitados. Ocurre que Hatsune Miku es un holograma estrella del pop que llena salas de conciertos en Japón, por lo que tuvo que asistir a la boda en forma de muñeco.

Este ejemplo es sólo una curiosidad, pero ilustra hacia dónde van las cosas en lo referente a las relaciones entre humanos y máquinas. Por hablar de algo mucho más habitual en nuestra vida cotidiana, podemos citar a programas de inteligencia artificial como Cortana (de Microsoft), Siri (de Apple) o Duplex (de Google) -una voz inteligente que imita la de su dueño para poder hacer llamadas en nombre de éste y poder reservar desde un restaurante a una cita en la peluquería-. Estos softwares asisten a millones de usuarios cada día.

Pero ¿qué criterios debemos de tener en cuenta a la hora de programar a estos robots, o a este software de inteligencia artificial para que sea capaz de imitar el comportamiento de las personas? Para responder a esta pregunta, debemos de preguntarnos, en primer lugar, en qué consiste la esencia humana. La respuesta es sencilla: en sus sentimientos.

Lo que determina al ser humano de una forma radical es su experiencia emocional: sus sentimientos, sus pasiones, sus emociones, sus sentidos. Todos ellos imbricados de forma compleja en cada situación, en cada interacción.

No sería posible realizar una interacción satisfactoria con un robot si desdeñamos este aspecto. Y mucho menos generar con él un vínculo afectivo.

Por eso, establecer los mecanismos que determinan la experiencia afectiva de un ser humano y determinarlos de una forma cuantitativa, cualitativa y concreta, resulta fundamental para que un programador pueda reproducir fielmente el comportamiento de una persona en un robot. Como podemos suponer, no se trata en absoluto de una tarea sencilla.

1.2. Somos experimentadores de emociones

Vemos películas porque nos generan determinados sentimientos, no necesariamente agradables. A veces nos suscitan miedo, tristeza, angustia, risa, suspense… Leemos libros porque nos permiten sentir pasiones, aventuras, emociones… Estrenamos un coche por esa sensación de poder, éxito, afiliación a un determinado grupo social. Por el olor a nuevo, por el tacto del volante, el sonido del elevalunas… Es toda una experiencia.

El fin último del ser humano consiste, como suele decirse, en ser feliz, es decir, experimentar el sentimiento de felicidad. Y esto no se alcanza a través de la obtención de dinero. -Según los estudios, los ganadores de la lotería regresan a sus tasas habituales de felicidad dos meses después de recibir el premio-. Tampoco consiste la felicidad en la suma de elementos tales como cubrir todas nuestras necesidades, alcanzar objetivos profesionales u otros logros. La felicidad es puramente un sentimiento.

Por otra parte, las experiencias desagradables también condicionan nuestra vida, y cuando alcanzan una alta intensidad se convierten en el origen de enfermedades mentales o psicológicas: del miedo al terror, del nerviosismo a la ansiedad constante y generalizada, de la culpa al autocastigo, de la infelicidad o la desmotivación al intento de suicidio. Según aumenta la intensidad de los sentimientos nuestra conducta se desordena y enfermamos.

En la experiencia afectiva intervienen sentimientos, emociones, sensaciones y pasiones que más adelante analizaremos detenidamente.

1.3. Los sentimientos determinan nuestros pensamientos 

Las personas tendemos a justificar nuestros sentimientos porque nos gusta creer que nuestra conducta es lógica. Como muy bien explica el psicoanálisis, recurrimos a la racionalización (entre otros mecanismos) que no es sino una estrategia para justificar nuestros sentimientos (ansiedad, incapacidad, miedo, etc.). Pero, aunque nos guste creerlo, no es así. Incluso la ciencia y el arduo trabajo investigativo están fundamentados en un sentimiento: la curiosidad, por ejemplo. Y podríamos poner mil ejemplos más. Razonar es, en el fondo, pretender tener razón, justificar es tratar de que el otro, o uno mismo, valore como justo aquello que hemos hecho, pero en el fondo lo hacemos es tratar de sentirnos aceptados por el otro o por uno mismo. En el fondo, siempre subyace el sentimiento.

En realidad, las personas no somos, en absoluto, seres lógicos. Además, nuestros pensamientos están condicionados por nuestros sentimientos. Nuestro estado de ánimo determina, como demuestran los estudios, la activación de redes neuronales específicas. Si me siento alegre, me “vendrán a la mente” canciones enérgicas en tonos mayores, me acordaré de los éxitos que he alcanzado en la vida, de las personas que me quieren, etc. Por no hablar de las implicaciones físicas (fortalecimiento del sistema inmunológico, etc.)

Si me siento desmotivado me costará levantarme de la cama, empezaré a recordar -sin saber por qué- experiencias en las que he fracasado, me centraré especialmente en los problemas que puedan originarse al iniciar cualquier proyecto, etc.

1.4. Los sentimientos determinan nuestra conducta

Los sentimientos determinan, en última instancia, nuestra conducta. En función de los sentimientos, las personas elicitamos unas determinadas áreas intelectuales, y posteriormente unas conductas.

Nos inscribiremos en el gimnasio un día en que nos sintamos motivados o bien urgidos por la angustia de mejorar nuestra salud, de ocupar nuestro tiempo (aburrimiento), de conocer personas nuevas (soledad). Compraremos un ramo de flores cuando nos sintamos enamorados. Apostaremos a la lotería cuando nos sintamos agobiados por nuestra situación económica y deseosos de mejorarla. Discutiremos con alguien cuando nos sintamos atacados, desvalorados o insultados. Igualmente, cuando nos sentimos incapaces, desmotivados, será más fácil que establezcamos relaciones con personas que nos van a ver como pocos valiosos, que nos traten con desdén…

Las conductas que realizamos están en función de los pensamientos que tenemos, los cuales, a su vez, están determinados por lo que sentimos.

1.5. Los sentimientos determinan nuestras interacciones 

Las personas no somos seres aislados como lobos que deambulan por las montañas. Por el contrario somos seres sociales, comunitarios, que conformamos una red sistémica. Esa es nuestra naturaleza. Nos relacionamos con otros seres para satisfacer nuestras necesidades de afiliación, de integración, para sentirnos seguros y protegidos, porque necesitamos confiar en otros, y también por pura satisfacción. Como vemos, todo ello son sentimientos.

El rechazo social es una sensación muy desagradable que nos atormenta cuando la experimentamos o que tememos cuando no.

Lo que nos motiva para interactuar con otro ser humano es un sentimiento. Queremos pertenecer a determinado grupo (afiliación), conseguir apoyo (protección), matar el aburrimiento, reírnos, divertirnos, por deseo sexual, etc. Nos alejamos de ciertas personas o grupos por miedo, por sentirnos heridos, por rabia, odio, frustración…

Además, según cómo nos sintamos, elegiremos acercarnos a unas personas o a otras. Partidos extremistas, agrupaciones religiosas, personas con iniciativa, colectivos de fútbol. Si nos sentimos poco valiosos es más probable que establezcamos relaciones afectivas con personas que nos tratan mal. En víctimas de maltrato reincidentes puede observarse que su autoestima es muy baja. 

Incluso nuestra relación con los objetos es afectiva. No elegimos una prenda de vestir por casualidad ni por criterios puramente racionales. El color, el tacto, y el estilo nos hacen sentir confortables y nos sirven para relacionarnos con los demás de un modo determinado así como para incluirnos en un estrato social. Si vestimos unos zapatos caros o de una marca conocida puede que nos sintamos más cerca de un determinado grupo social. Puede que una prenda nos recuerde a la persona que nos la regaló y nos sintamos felices de usarla. Puede que con otra nos sintamos avergonzados porque nos marca la barriga, o cosas por el estilo. Es más fácil que nos sintamos cómodos con colores oscuros cuando estamos tristes y con colores vivos cuando estamos alegres…

Cada calle por la que transitamos nos genera unas sensaciones, cada olor, cada momento del día: el amanecer, el atardecer, la noche… Cada día de la semana influye en nuestros sentimientos. Probablemente no nos sentimos igual un viernes por la noche que un lunes por la mañana. Cada estación del año, la nostálgica lluvia, el alegre sol, el agradable olor de las páginas de un libro o un cómic, el cálido tacto de un suelo de madera o el frío cortante de una mesa de cristal… Y por ello, elegimos, consciente o inconscientemente, una calle por la que pasear, un día de la semana para quedar con los amigos, o compramos un tipo de prenda de vestir y no otra.

El animismo que es la creencia religiosa que atribuye a todos los seres, objetos y fenómenos de la naturaleza un alma o principio vital, apoya esta tesis. Pensar que un objeto tiene alma, implica, en el fondo, generar una relación afectiva con él. En su sentido estricto, puede que esta creencia fuera algo popular en otros tiempos alejados, pero en la actualidad, cada objeto continúa constituyendo una experiencia emocional para nosotros. Sirva de ejemplo el creciente interés por el Feng shui que analiza los sentimientos que nos generan las casas recargadas, los materiales y la estructura del hogar.

Incluso el plano de una ciudad es fiel reflejo de la forma de sentir de sus habitantes. Desde la caótica y confusa ciudad árabe hasta la ortogonal estructura romana con su ansia de orden. La forma circular de los pueblos celtas, tan vinculados al equilibrio de la naturaleza, hasta las formas proporcionadas al canon humano de la Grecia clásica.